pifiada

sábado, 18 de noviembre de 2017

MI ULTIMO PERRO


Me parece verlo aún, con sus grandes orejas desplegadas al viento, trotar hacia nosotros con lo que parecía, quizá no me crean, una sonrisa en la boca.

Los domingos solíamos ir, por la mañana, a dar la vuelta completa al parque Scalabrini Ortiz; digamos cuarenta minutos de caminata. Por supuesto lo llevábamos a él, que lo disfrutaba plenamente, no dejando lugar sin olisquear ni árbol sin mear.
Siempre se alejaba de nosotros, pero cuando estábamos aproximadamente en tres cuartos de vuelta, dada la topografía del parque, solía perdernos y luego aparecía, con el cuerpo tenso, la lengua afuera y girando la cabeza para ubicarnos, más por nuestros gritos que por vernos, y allí sí, el trote sonriente hasta el reencuentro.

Le enseñé a sentarse o estar acostado, siempre dentro de un ámbito acotado o con correa, pero si estaba suelto era obstinadamente indisciplinado, soltaba su carrera, para terminar buscándonos de vuelta, pero siempre ejerciendo algo así como un incontenible goce de libertad.

Su otro gran placer era en la isla, recorriendo todo libremente, metiéndose al agua en la laguna, nadando al lado mío cuando yo nadaba.

Ahora me doy cuenta que era siempre alegre.

Está claro que a medida que somos viejos duele más perder algo de lo querido, porque cuando uno es joven puede pensar en cómo será tener otro perro; ahora este será quizás el último.

Se llamaba LEN

2 comentarios:

  1. Los perros son nuestros guías en un mundo que desconocemos, Aldo

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  2. ¡Grande Abuelo!, hoy volvimos a leer esta nota con Juani.

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