3ra. ETAPA
En el ’76 era mirar
todos los días los diarios para buscar los nombres que aparecían y los que uno
conocía y con los que había militado, sobre todo aquellos que se habían pasado
o se habían definido por la lucha armada. Era mirar el diario todos los días
para ver eso, que en tal lugar hubo un enfrentamiento, se batió un grupo,
apareció fulano de tal. A veces aparecían nombres, a veces no.
Algunos que
particularmente me acuerdo, los hermanos Molina, que fueron del PRT y murieron,
por lo menos uno de ellos, en Catamarca, con el grado de capitán dentro del
ERP. José María Molina había sido del Nido, de la época en que alrededor de las
facultades había casas de estudiantes, los estudiantes no vivían en
departamentos, de hecho eran centros, eran caserones, pero eran centros de la
vida estudiantil.
Tenían nombre propio:
el Nido, el Infierno, el Asilo… El Infierno, a la vuelta de la facultad, hacía
tanto que era casa de estudiantes -probablemente los dueños habían muerto y los
herederos no sabían de la existencia de la casa- que los ocupantes se iban
sucediendo. Se iba el que estaba antes y otro lo reemplazaba, ni sabían de
quién era la casa ni pagaban alquiler… Era una casa de estudiantes. Eran
lugares de peña, eran centros. José María Molina “Josema” era del Nido, murió
él, murió el hermano, murió la compañera de él que era una sobrina de Segovia
Mayer -que fue decano de la facultad de Ingeniería -era el decano hasta el
golpe en el ’66-
Cristina Planas, que
era realmente… El recuerdo de Cristina tiene un gran componente de cariño, por
cómo era ella.
Yo estaba en una
situación de aislamiento, ¿con quién lo hablaba? con muy pocos, con mi hermano,
obviamente con Nega y con algún otro que, de alguna manera, no como una cosa
orgánica de actividad, pero que por ahí nos veíamos y surgía naturalmente el
comentario o la información. Porque por ahí hay cosas que salían en los diarios
y otras que no, pero que uno se enteraba por una vía u otra. Yo mantuve cierto
contacto no orgánico sino esporádico, con los compañeros de Vanguardia
Comunista, que después fue Partido Comunista Marxista Leninista.
Con algunos de ellos
nos conocíamos de antes y quedamos en contacto. Inclusive les pasé una pistola
45 que había quedado en mis manos y que no quería eliminarla. Eran todos
contactos clandestinos.
Ahí hay…una sensación
de aislamiento y otra de sufrimiento. El Noni Cerutti le llamó “los que
estuvieron en el exilio interno”, contándose él también, los que estuvieron
dentro del país, pero exiliados. Creo que es una figura que se aproxima
bastante. Por lo tanto, como los exiliados fuera del país, con unos contactos
muy limitados, poca información. Nosotros vivíamos en ese momento en calle
Constitución al 1900, los primeros meses eran el tema de la eliminación de los
materiales políticos, y la expectativa de sobrevivencia. Ya teníamos los tres
chicos chiquitos y yo me acostaba con la pistola cargada sobre la mesa de luz.
Incluso durante ese
período, que yo no estaba en la militancia partidaria, una vez que viajó Videla
a Córdoba lo metieron en cana al hijo de un primo mío y a mi primo y la única
explicación es que eran Mangiaterra, porque él era de Alsogaray, de la UCD. Lo
interrogaron, no lo metieron preso. Él me lo dijo mucho después, porque no
quiso quedar vinculado de ningún modo…
O Raquel, la esposa de
Osvaldo Barsky, me llegó la información de cuando la interrogaron, cuando la
metieron presa en Paraná, entre las personas sobre las cuales le pidieron
datos, le preguntaron sobre mi paradero.
Con él habíamos
militado en La Fede primero y después en el PCR, con él y con ella. Así que el primer
período era de horas angustiosas, donde la expectativa primera era la
supervivencia. Con una pistola 22 lo que yo podía hacer probablemente era un
absurdo.
Fue una cosa muy angustiosa.
Me acuerdo un año nuevo que nos juntamos en el restaurante del club Remeros, y
que yo después del brindis me fui a caminar un poco, solo, pensando en cómo
estaban en ese momento los que estaban presos.
Pero como todo, la vida
sigue.
Contactos reducidos,
algo con Vanguardia Comunista, algún contacto con la gente que había estado en
el Sinter, en el magisterio.
Cuando trabajé en el
bachillerato para adultos, ahí hubo un paro que se organizó por reclamos… Era
“uno más”.
Y esa búsqueda de ser
uno más la pude resolver recién de un modo más o menos continuo cuando pasé en
la universidad a la dedicación exclusiva. Porque desde el ’75 al ’90 -yo entré
en la universidad en el ’87 pero en un cargo de JTP simple- si bien tuve
algunas participaciones o intento de participaciones fue en cosas muy
parciales. En el ’75 me acerqué al Sinter. En el ’74 entré como docente en el
bachillerato para adultos, que de paso fue una experiencia muy interesante,
realmente una experiencia muy linda, daba Física. Y ahí me acerqué al Sinter,
pero no fue nada intenso.
En el ’75 cuando me
expulsaron del PCR, un amigo dentista que era de mi barrio y me atendió un
tiempo, él era de Vanguardia Comunista, teníamos confianza, sabía que me habían
expulsado del PCR. Y me dice “¿y cuánto hace que vos estás militando…?”. “Del
‘54”; “¡son veintiún años! conseguite cualquier partido por nueve años y ya te
jubilás”.
Anduve boyando, en
condiciones particulares, las de la dictadura, me acerqué al Sinter, después
fuimos a vivir al barrio Rucci y me acerqué a la vecinal, hablé en la asamblea,
presidí asamblea… hubo una asamblea grande porque era el asunto de la 1050, lo
que había quedado de la gestión de Martínez de Hoz, cuotas que no se podían
pagar. Pero eran cosas parciales…
En esos años hice una
experiencia muy interesante, muy importante para mí, de trabajo.
Trabajé en Formosa, en
la ciudad y también en Clorinda, que es ciudad de frontera; estuve en Mendoza,
en el montaje de la nueva planta de la cementera Corcemar; en la provincia de
Buenos Aires en Cerámica San Lorenzo, en Azul; en Atucha II, en Lima; en
Siderar (ex Somisa), en San Nicolás;
en la Esso, en Campana; en obra de urbanización en la ciudad de Buenos Aires;
en Entre Ríos en Rosario del Tala, y además acá en la provincia, en Rosario,
Villa Constitución, Puerto San Martín y
también en otras localidades; como relato creo que hay cosas muy interesantes…
Porque ahí trabajaba en fábrica o en obra, codo a codo con los demás
trabajadores… El conocimiento de la clase obrera era vivencial.
De distintos trabajos,
hay por supuesto miles de anécdotas. En Azul al principio de la obra, con
Carlos Duché, quien era más amigo que socio … fuimos contratados por la empresa
constructora para hacer un trabajo específico de topografía, pero como la empresa
todavía no estaba instalada ahí, sólo había cinco operarios, y el inspector de
la empresa, el que nos llevó ahí era amigo nuestro de acá de Rosario, el padre
de Rinesi, el que fue rector de la universidad de General Sarmiento
Panchi Rinesi, un tipo macanudo;
entonces nosotros medio de favor nos encargábamos de algo más que la
topografía.
Ahí hubo varias
experiencias. Al mediodía comíamos asado, yo me encargaba de las compras, el
trabajo nuestro era de control, había momentos que no podíamos hacer nuestra
tarea, teníamos que esperar para inspeccionar, hacer tareas técnicas… Un día fui
a comprar la carne y también compré mandarinas y cuando comimos uno de los
obreros dice “huy, se ve que nos portamos bien hoy”, “¿por qué?”, “tenemos
postre”. Para él ya eso de que se le proveyera una mandarina era fuera de lo
habitual. Era en la planta de la cerámica San Lorenzo en Azul.
Ya más avanzada la
obra, uno de los obreros era un súper canchero, se sabía todo sobre licencias,
permisos, horas extras. Y el jefe de obra de obra, un muchacho joven, buen
tipo, que era egresado de acá, ingeniero civil, lo tenía entre ceja y ceja… no
le producía problemas en la obra, pero canchereaba.
Un día este jefe de
obra cuenta, conversando en el grupo de la dirección técnica, que según el
contrato tenía que colocar un monorriel,
pero el elemento del izado no figuraba específicamente en el contrato y
entonces él no lo puso y la empresa comitente no pudo chillar, es decir que eso
fue un beneficio para la empresa que él representaba; estaba haciendo lo mismo
que el obrero canchero, usando una especificación legal para obtener un
beneficio, lo que a él le parecía un mérito, pero cuando eso lo hacía un obrero
era una… deslealtad.
Ahí hubo varias
experiencias. Una vez estábamos cenando los que éramos de afuera, era un
comedor donde solíamos ir a la noche, al mediodía comíamos en la obra, año ’85
debería ser, época de Alfonsín, por ahí pasa el mozo, retira la carta y pone
otra; uno dice “¿qué hizo el mozo?”, “no sé, tendrá otra mesa, esta carta está
toda sucia, habrá retirado la otra más limpia”, la agarra “no –dice- cambiaron
todos los precios”. Nos cambiaron los precios por inflación mientras comíamos.
Pedimos a un precio y pagamos a otro distinto.
En esa época trabajé en
muchas empresas. Hice trabajo riesgoso, trabajo en altura. Una vez me sacó una
foto un inspector de seguridad porque me agarró justo sin arnés de seguridad a
doce metros de altura, al borde de una viga. Tuve que aprender a trabajar en
altura, porque las primeras veces caminaba como un robot. Después uno se acostumbra.
Me acuerdo lo que pasó
cuando el partido inaugural del mundial ’78; todos queríamos terminar para
rajarnos, y al mediodía “espontáneamente” se levantó el trabajo. Era en plena
dictadura, no había sindicato que podía decir formalmente “se corta”, pero fue
una cosa que de hecho se impuso y que los militares la condescendieron. En
Acindar era, en Villa Constitución. Al mediodía, de repente, me di cuenta de
que iba corriendo en una viga de noventa centímetros de ancho a dieciocho
metros de altura, que pisas un tornillito así…
De repente me paré
“¿qué estoy haciendo?”. Vi accidentes…, también tuve uno, en Acindar, en una
línea de fabricación de hierro para la construcción, voló por el aire un trozo
de hierro de muchos metros estando incandescente, al rojo, y me cayó encima, me
produjo varias quemaduras pero superficiales, por roce, en el cuerpo y la ropa;
lo más importante fue que me cayó sobre la cabeza pero me salvó el casco que
quedó inutilizable como elemento de protección.
Tuve muchísimas
experiencias, por ejemplo en Formosa, trabajando en el monte con lugareños. Ahí
aprendí eso que creía propio de otras regiones, propio de un libro de Julio
Verne, o del Sahara, eso del peligro de quedarse sin agua. Estábamos trabajando
y tenían que abrir picada para que yo pudiera medir. Entonces les digo “yo me
voy, quédense ustedes, si pueden termínenla y sino siguen a la tarde”. Porque
parábamos al mediodía (en Formosa no es posible trabajar al mediodía)… Cuando llegué
a la tarde estaba la picada abierta y al otro día les pregunté “¿les llevó
mucho tiempo?”. “Y no estábamos seguros si quedarnos o no porque teníamos agua
para dos horas nada más”. Claro, porque en esos lugares el sudor… Acá uno está
equivocado al creer que suda mucho, acá sudamos poco; la primer capa y no se
evapora. En un clima más seco el sudor se evapora. En Formosa con el calor que
hace en el mes de febrero la camisa no agarra olor.
Se ensucia por
supuesto, pero si es por el olor la podés usar una semana, porque sudás y se
evapora. Entonces dos horas sin agua es peligroso.
Bueno, no sé cuántas
anécdotas podría relatar
Por ejemplo, en Entre
Ríos, esa la tengo grabada en la retina, era un relevamiento del arroyo Tala en
la zona de Rosario del Tala, para el Consejo Federal de Inversiones, para
control de inundaciones. En una parte nos teníamos que meter en una estancia
donde había monte. No se podía entrar en vehículo motor, entrábamos en carro y
a caballo. Fue conmigo de acá, un técnico y el resto era gente de allá, seis o
siete. Yo vi que no llevaban parrilla. “¿Qué van a hacer para comer?”, “asado”
y no llevaban parrilla. Entonces a las once más o menos uno me dice “ingeniero,
yo me voy para preparar el asado”, “bueno, está bien”. Ahí a las doce nos
encontrábamos. Claro, ahí estaban abriendo picadas, leña era lo que sobraba.
Entonces lo que él hacía era elegir unas varillitas, las pelaba y enhebraba la
tira de asado.
Como si fuera un
brochet, y la clavaba como una estaca.
Hacía un fuego y le iba
arrimando de a poco, se hacía mitad a la brasa y mitad a la llama. No teníamos
platos ni nada, era pan y el asado. Cada uno tenía que llevar su cuchillo. No
te avisaban porque, para su cultura, ir a trabajar ahí y no llevar cuchillo era
como ir desnudo.
Entonces nos juntamos
en semicírculo, y el asador sacó una estaca, fue al semicírculo, la clavó en la
tierra y cada uno iba cortando de ahí con el cuchillo, sentado en algún tronco
o en el suelo, sacando pedazos y comiendo. Esa escena…Sí, espectacular, una escena
inolvidable. Y después que terminamos de comer quedaron las estacas clavadas
ahí, y Goyo Godoy, que era un gaucho de profesión, arriero, domador, pero que
ya no tenía laburo de sus cosas y tenía que conchabarse de lo que pudiera, a
pesar de que todavía tenía una tropilla de caballos, fue y sacó todas las
estacas las rompió y las tiró. Al otro día hizo lo mismo. Y dijo “no sé qué
gauchos son estos que dejan las estacas clavadas”. Le pregunté “Goyo, yo vi que
usted…”. Era un tipo inteligente, un tipo acostumbrado a domar, manejar
caballos, pero también gente. Yo lo puse de apuntador, anotaba las lecturas de
la nivelación. La gente si vos le das lugar… en Formosa un pibe me vio dos o
tres veces estacionar el teodolito y al tercer día antes que yo me diera cuenta
dijo “fíjese, ya está puesto”. Un muchachito joven. Otro día ahí en Formosa me
olvidé de llevar la libreta, dije “huy no tengo en qué anotar”, entonces por
ahí va uno, había unos hornos de ladrillo en esa zona, había un pedacito de
ladrillo, lo había gastado y le había sacado punta, y una madera. Acá tiene
dice.
Volviendo a lo de Goyo
Godoy, le digo “¿por qué usted sacó las estacas, las quebró y las tiró?”. Y me
dice “para que nunca se termine la tradición”; era un rito.… Era “para que
nunca se termine la tradición”.
Y ahí en Formosa me
acuerdo de una conversación entre dos peones, uno decía que había ido algo así
como el oficial de justicia a decirle que se tenían que ir de donde vivían. Y
el otro le dice “pero ¿cómo? ¿No fue ahí donde el tigre lo mató a tu abuelo?”.
O sea donde vivían desde la época que había monte con gatos monteses o pumas
cercanos a la gente y la simbolización era “donde el tigre lo mató a tu
abuelo”, como diciendo donde tanto tiempo… Bueno, ahí en Formosa justo estuve
durante el período de Isabel y el contrabando era una cosa increíble… La idea
que nosotros tenemos de contrabando allá en la frontera es otra cosa. Es un
trabajo para los lugareños, no es un…
Es una actividad. Uno
de ellos me llevó a mostrarme, me decía “quiero que venga, quiero que vea como
mi hijo trabaja; él lleva dos bolsas cuando los otros llevan una”. Me llevó a
ver al hijo alardeando… Y ese tipo tenía puesta una especie de aduana propia,
porque vivía en un rancho al lado de un arroyito, hasta ir a la frontera había
que pasar por varios arroyos, y para pasar ese arroyo él cobraba algo.
Claro, ese arroyo
tendría ocho metros de ancho, él tenía una canoa, vos ponías las cosas en la
canoa y las llevabas al otro lado; tenía tarifas fijadas “bolso grande tanto”,
“bolso chico tanto”, “cigarrillos o remedios a convenir”.
Y ganaban más así… Iban
a laburar haciendo picadas y eso para no ser, ante cualquier redada, tachados
de “gauchos vagos y mal entretenidos”.
Tenían trabajo,
trabajaban para eso, pero en ese momento ganaban cinco, siete, ocho, diez veces
más con el contrabando; no eran dueños de la mercadería, trabajaban en el
circuito.
¿El golpe del ’76?
Estaba viajando de Formosa para acá, me enteré en la ruta en una parada. Vale
la anécdota, oí algún comentario favorable al golpe, “a esa que estaba ahí”…
Son historias repetidas.
Estuve en una reunión
en Santa Fe donde se discutió como tenemos que hacer un trabajo en La Plata,
donde se instaló un observatorio geodésico que antes estaba en Chile, es un
convenio del Conicet y un instituto alemán.
Ahí hay observaciones
de la gravedad, de GPS, de pulsos láser a satélites y un radiotelescopio que
observa cuásares, que son elementos del espacio distante que se consideran como
fijos. Y hay que vincular espacialmente los instrumentos que realizan esas
mediciones. Yo hice una especialidad de ese tema, las mediciones de alta
precisión en espacios reducidos. Por ejemplo, trabajé en la construcción de
Atucha II.
En el ámbito académico
en ese tema soy conocido. Entre otras cosas porque hay muy pocos casos de gente
que haya hecho las dos experiencias y por un largo período, la de estar en la
producción y la de estar en la universidad. Hay gente que ha hecho muchos
trabajos, más que yo y muy interesantes, pero que no está en la docencia, o
sólo colaborando en algo. Y en la docencia hay quienes están en el tema, pero
que no tienen de ninguna manera esa experiencia aquilatada de estar, por
ejemplo, todo engrasado laburando en el ruido y el calor excesivos… En fin, en las condiciones vivas
de lo que es una gran industria. En Acindar hemos hecho muchísimos trabajos.
Se está por inaugurar,
se está instalando, un observatorio geodésico en el parque Pereyra Iraola, es
un convenio entre el Conicet y la Agencia cartográfica y geodésica alemana, es
el observatorio que estaba instalado en Concepción, en Chile, donde se produjo
el terremoto.
Este observatorio, por
lo que hace, no tiene un problema de atmósfera, de visibilidad, porque no hace
observaciones con instrumentos ópticos… Hace observaciones de tipo geodésico
con tres técnicas, una que se la conoce bajo la sigla de VLBI, que es un
radiotelescopio que registra ondas electromagnéticas provenientes de los
cuásares, que son elementos extragalácticos, por lo cuales se los considera
prácticamente fijos; es decir que el movimiento de la tierra en relación a la
distancia a la que están no existe, es insignificante.
Hay una antena
parabólica de cuatro metros de diámetro, que forma parte de una red de antenas
de ese tipo en el mundo, las cuales sirven para hacer determinaciones muy
precisas, del orden del milímetro, no de distancia, sino de diferencia de
distancia, para un mismo cuásar, entre dos antenas radiotelescopio ubicadas en
distintos lugares; para lo cual se registra la diferencia de tiempo usando
relojes atómicos con precisión mejor que el billonésimo de segundo lo que permite
deducir cuál la relación espacial entre los radiotelescopios. Y eso se utiliza
para varias cosas, por ejemplo, para ver el movimiento del eje terrestre… Este
radiotelescopio es, hasta ahora, el único en América del sur y sirve, entre
otras cosas, para establecer una red mundial de puntos de coordenadas conocidas
con respecto a un sistema único mundial basado en el centro de masas de la
tierra y en el eje de giro.
Ese observatorio tiene
también un telescopio láser -siglas SLR- que envía pulsos a satélites
artificiales y con el rebote mide distancias para determinar posiciones sobre
la Tierra.
Y tiene también seis
antenas GNSS -lo que era GPS-, que ahora es un sistema más global porque
incluye los satélites rusos, europeos, japoneses, chinos, etc. y sirven también
para determinar posiciones. Como cada una de esas técnicas determinan una red
mundial de puntos, pretendidamente del mismo sistema, lo que hace falta es
vincularlas unas con otras. Entonces en los observatorios, que no son muchos en
el mundo, donde hay más de una de esas técnicas hay que establecer la relación
geométrica entre los instrumentos de las distintas técnicas. El director, nos
conocemos de hace mucho, nos convocó para diseñar el sistema de medición y
efectuar las mediciones que permitan vincular el radiotelescopio con el láser y
las antenas GNSS, también participa otro grupo de Mendoza.
Soy uno de los
especialistas en ese tipo de trabajo, pero no del uso de esos instrumentos,
sino de cómo medir, como resolver el problema geométrico de medir con alta
precisión, con precisión milimétrica o, mejor aún, submilimétrica, la relación
geométrica entre los aparatos.
También fui docente en
el bachillerato de la provincia para adultos. Para mí fue una experiencia muy
rica, muy interesante. En parte por un factor suerte, porque ese período era un
período que además tenía que resolver la subsistencia económica. Buscando
laburo o rebusque salió eso del bachillerato, me anoté para dar matemática y me
llamaron para dar física, que no era mi idea. Bueno, pero había que laburar y
de todos modos si uno se ponía…
Y empalmé entonces con
Silvio Peressini un ex compañero de La Fede y del PCR, que había estado
estudiando física en la Lumumba (universidad soviética para estudiantes del
tercer mundo). Preparábamos las clases juntos. De todos modos la física era una
física elemental. Y había un equipo coordinador en física buenísimo, uno de
ellos un tal Gómez (era del PRT, creo que murió en un enfrentamiento, no estoy
seguro), con interesante planteo pedagógico: la física tiene que ser
experimental, entonces la enseñanza fundamental es cómo de la experiencia se
deducen las leyes. Había que hacer prácticas, no había que hacer lo clásico del
pizarrón para después hacer una experiencia que da o no da confirmando la
teoría. Entonces habían inventado todo un dispositivo interesantísimo, de
manera tal que hacíamos laboratorio con alumnos adultos en escuelas primarias (a
muchos la panza no le entraba en el banco y con una lamparita de veinticinco
bujías iluminando el aula), con una caja de zapatos con un pedacito recortado y
cubierto con papel semitransparente, una hendija del otro lado para que pase la
luz, alfileres, corchos, linternas, pedacitos de espejos, pedacito de vidrio
opaco, pedacitos de vidrio transparente, autitos de juguete, un pie de madera del
que colgaba un resorte a modo de balanza, según cómo se estiraba el resorte se
iba marcando. Pero las unidades eran las que cada uno se inventaba, para uno
era una bolita, para otro era una tuerca y después se hacía el intercambio para
ver la equivalencia, cuál era la equivalencia de peso entre las tuercas y las
bolitas. Era algo muy interesante y me quedó grabado
Era algo de lo que los
alumnos se podían apropiar.
Además, salvo rara
excepción, iban porque querían. No era la situación de muchos estudiantes
secundarios que van por obligación.
Cuando tuvimos que
tomar el primer parcial dijimos “¿qué vamos a hacer? ¿Preguntas teóricas?”. En
el examen tenía que haber práctica. Entonces inventamos un práctico en relación
con las experiencias realizadas que consistía en una cartulina negra sobre la cual
mandamos un haz de luz por una rendija y del otro lado se coloca un espejito
“lo que hay que hacer es el práctico y los alumnos deben responder qué fenómeno
se observa y describirlo”. Pero nos dijimos “vamos a hacerlo nosotros primero,
no vaya a ser que demos por sabido…”. Entonces en la casa de Silvio lo preparamos,
apagamos todas las luces, todo oscuro, mandamos el haz de luz y estaba
clarísima la respuesta, no cabía duda: había propagación de la luz, reflejo en
el espejito que estaba del otro lado y también absorción de luz por la
cartulina, se observan con claridad los tres fenómenos.
Cuando, después del
parcial, vemos las respuestas hay alguna que dice “se observan claramente cinco
fenómenos: la propagación de la luz, el reflejo de una parte de la luz porque
parte la absorbe el espejo, parte la absorbe la mesa y después va…”. Y así
había respuestas distintas, variadas y en general correctas, y distintas de las
que habíamos previsto… o mejor dicho sobreabundaban.
Complementaban las que
habíamos predefinido… Realmente fue una experiencia… Que después me sirvió para
la docencia en la facultad. Porque una de las cosas que yo hacía en una de las
materias de las que daba era –a posteriori todos los alumnos lo destacaron
todos los años como algo que les había resultado interesante…- hacíamos un
trabajo práctico donde tenían que aplicar los conocimientos adquiridos
previamente, pero nosotros lo único que indicábamos era el objetivo a cumplir, pero
nada respecto a cómo se hacía ni qué instrumental utilizar, eran alumnos de 5º
año.
Por ejemplo, uno era en
la barranca al lado de la Siberia, calcular el movimiento de suelo necesario
para que quedara una explanada de determinadas características. ¿Cómo hacerlo,
con qué instrumental? nada. Y hacerlo en grupo. Después había que exponerlo. La
aprobación del trabajo, si se le puede llamar “aprobación”, era mediante la
exposición. Entonces era un trabajo colectivo.
También hacíamos otro, una
interesante experiencia; era uno de los trabajos que lo repetíamos todos los
años y todos los años todos los grupos lo hacían distinto; incluso les decíamos
“esto ya lo hicimos, si quieren buscar a algún compañero del año pasado para
copiarlo, lo pueden copiar, pero se pierden la oportunidad de aprender…”. Y
inventaban su propia forma de resolver el problema, que era partiendo de un
punto de la terraza de la facultad marcar un punto de coordenadas determinadas
en la planta baja, pero donde no había visibilidad directa. Había que resolver
un problema complicado y siempre la solución era creativa.
Volviendo, la del
bachillerato para adultos fue una experiencia muy buena; Incluso fuimos a
visitar Atucha I, que se había inaugurado en el ’74. Justo se dio la
posibilidad de un contacto y fuimos a visitar la planta de energía atómica. En
física del bachillerato para adultos dimos energía atómica en el 74.
Volviendo a temas anteriores
En esa etapa lo más
significativo fue lo del trabajo profesional. Desde el punto de vista político
el aislamiento, el contacto esporádico, la incursión propia del “uno más”.
La asamblea del barrio
Rucci…, propia del “uno más”, el bachillerato para adultos…
La reinserción en la actividad política es después del ’90, después de la
dedicación exclusiva en la universidad.
En el ’85, el que era
mi socio en el trabajo profesional, Carlos Duché, tenía viejos contactos de la
facultad, del partido reformista, de la época de estudiante; no me acuerdo cómo
fue que él se vinculó y entonces me propuso para jurado en un concurso, como
graduado.
Yo no había tenido
mucho acercamiento a la universidad no solo porque viajaba, sino porque la
universidad todavía era la universidad intervenida…
Siempre digo eso, sobre
todo para los que no estuvieron en esa época… Que me echaron en el ’67 y me
reincorporé en el ’87 después de un breve lapso de veinte años. Y en todo ese
lapso no tuve contacto. Por supuesto tenía noticia respecto a quienes estaban
al frente de la universidad y cómo la manejaban, a grandes rasgos.
Bien, fui jurado, eso
fue el primer acercamiento, y en el ’86 o a principios del ’87 fui a hablar con
el que era director de la Escuela de Agrimensura, Gualberto Venesia (dirigente
peronista que después ocupó cargos muy importantes) con el que nos conocíamos
desde la secundaria, yo lo mencioné, él era el delegado de la UES en el ’54 y
‘55. Fui a hablar con él para proponerle un par de actividades, una era una
visita a la obra en construcción de Yacyretá, pero no a ver simplemente la represa
sino para conocer el trabajo de tipo topográfico en la construcción de la
represa.
Proponía como profesional
y egresado una actividad para la facultad que me parecía que correspondía con
alumnos de la carrera de Agrimensura.
Me parece que nunca dejé
de sentir que me habían frustrado mi carrera docente en el ’67 pero no fui con
la idea de decir “yo quiero volver a la facultad”. Yo me sentía vinculado por
el solo hecho de ejercer la profesión.
Una era esa y otra
actividad era organizar un encuentro entre profesionales –pero hacerlo en la
facultad, para ponerlo al alcance de los alumnos- que hubieran actuado o
estuvieran actuando en el tipo de actividades que no era la clásica de la
agrimensura, que era la de la construcción de las obras, el montaje industrial,
etc.… por ejemplo, cuando estuve trabajando en Acindar, en el período ’77-’78
éramos diecinueve profesionales de Agrimensura que estábamos en la empresa a
cargo de la inspección, haciendo ese tipo de trabajo. O sea que de acá había
una cantidad de gente, no la mayoría de la profesión, trabajando en el tema … ;
en ese tema ya venía averiguando algo de hace un tiempo, inclusive en algún
momento intenté hacer algún registro, del cual debe haber en algún lado algún
papel viejo. Ir registrando profesionales de Mendoza, de Buenos Aires o de tal
otro lado, este estuvo acá, ese estuvo allá, este en otro lado, pero que nunca
terminó en nada.
Quería hacer un
encuentro para intercambiar experiencias. Y Venesia me contestó con una
respuesta bastante propia de él: “¿por qué no te incorporás vos a la facultad y
lo organizás vos?”. Según dijo le parecía buena idea, no era una mala
iniciativa, entonces hacía falta alguien que la motorizara.
Me trataba con mucho
respeto, a pesar. de las diferencias, más de una vez lo dijo públicamente. En
aquel momento todavía no había concurso para los cargos interinos, era
designación a dedo.
Ahora en
Ingeniería, para entrar como interino es obligatorio el concurso, desde el
noventa y pico. No es concurso de los que se denominan ordinarios, pero no hay
ninguno que no tenga concurso.
Me designaron en un
cargo de JTP simple (Jefe de Trabajos Prácticos dedicación mínima) para que
organizara esas actividades. En realidad eso fue motivo de dos o tres meses de
vacilación de mi parte, porque me carcomía una duda… ¡el aceptar ingresar en un
cargo docente sin concurso!
No había concurso, pero,
contradictoriamente había un principio de que para entrar había que entrar con
concurso.
En definitiva opté por
la que me parecía que ofrecía más perspectiva de hacer algo útil y entré en un
cargo de JTP simple en el ’87. Fue muy duro para mí, muy duro. Porque esa ironía
que yo decía “breve lapso de veinte años”, eran veinte años sin un libro de
matemática. Con Duché, con mi socio (amigo antes que socio), él había sido
docente y quedó también afuera de la Tecnológica con la dictadura, pero él
había estado hasta el setenta y pico como profesor, entonces había seguido
actualizado. En ese período, una de las cosas para recordar vivamente era el
año ’81, ’82, dictadura, política de Martínez de Hoz, sin laburo. Con Duché nos
dedicamos a estudiar. Estudiábamos, por ejemplo, aplicar la teoría de errores
al cálculo de los puentes grúa.
De ahí surgió un
trabajo que publicamos, está en internet. Pero me acuerdo una conversación con
un arquitecto, Florio, amigo de la época del movimiento estudiantil,
encontrarnos en el centro e ir a tomar un café. Y en la charla de la situación
dice “vos sabés qué duro es tomar noción de que nadie te necesita”. Fue un período,
’81, ’82 malísimo.
Nadie te necesita desde el punto de vista laboral, estaba dicho estrictamente en
ese sentido. Tomar noción de que nadie te necesita. Y cuando me incorporé tuve
que agarrar un libro de Análisis Matemático; con un cargo simple, me iba todos
los días a la facultad, sacaba el libro de la biblioteca…y me encerraba todas
las mañanas en el gabinete de instrumental.
Análisis Matemático, de
primer año, límites, derivadas, integrales.
Yo siempre digo que
tengo algo en común con Stephen Hawking; hace poco leí una biografía de él que
dice que cuando empezó a dedicarse a la física se dio cuenta de que tenía un
basamento matemático muy débil. Mi similitud con él es esa, la diferencia es
que él lo resolvió.
En Agrimensura eran muy
pocos alumnos.
En ese momento yo un era
veterano, por la edad, pero entre los docentes era el más nuevo; estoy hablando
de año ’87, tenía cuarenta y ocho años; algunos docentes me conocían de cuando
fui ayudante alumno en el ’66, ’67.
Era una reivindicación
para mí. Yo me sentía un… no sé qué palabra usar,…..estaba recuperando un
derecho, algo por el estilo. No solo ni simplemente un derecho, sino un derecho
vinculado a algo que me interesaba.
Desde el punto de vista
económico no era significativo. A los cuarenta y ocho años un cargo de JTP
simple… bueno, hacían falta más docentes y un año después me dijeron que me
encargara de otra cosa, para lo que me podían dar otro cargo de JTP simple.
Había temas, por
ejemplo el mismo por el cual fui ahora a La Plata, trabajos de alta precisión
en un espacio limitado, en fin, todo lo que hace a obras de ingeniería, a la
industria; estaban en una materia que era una especialidad mía, por mis
antecedentes laborales, entonces Venesia me propuso que me incorporara ahí.
El profesor era Rohn, y
a esa altura, año ’89, no andaba bien de salud. Venesia me dijo “¿por qué no te
incorporás?”, incluso “fíjate cómo Rohn…”, quería asignarme el control del
profesor; por supuesto le dije que eso no era lo adecuado pero la situación se definió
rápidamente porque Rohn tuvo alzhéimer, pidió licencia y quedé como jefe de
trabajos prácticos a cargo de la materia en el ’89, con un JTP simple, porque
con el otro seguía en Topografía. En el ’90, Rohn renunció para jubilarse y
entonces quedó un cargo de titular exclusiva libre.
¿Quién lo ocupa? En
aquel momento no eran apetecidos los cargos de exclusiva.
Todavía sobrevolaba
cierto ambiente de que si vos ibas a un cargo exclusivo no debías ejercer en la
profesión…aunque ya había dejado de ser categórico, pero tenía cierta…me
acuerdo que cuando entré en el cargo de exclusiva fui a hablar con el
secretario académico para decirle que por algunos meses tenía que completar el
trámite de trabajos ya realizados, es decir tener cierta actuación como profesional
y me miró como diciendo ¿a qué viene eso? ¿este es tonto o se hace?
Antes, cuando entré en
el segundo cargo de JTP, el secretario no era académico, era secretario
técnico. Porque a diferencia de la pléyade de secretarías que hay hoy en las
facultades, en la década del ’60 había un secretario administrativo y la
novedad fue un secretario técnico, había dos.
El secretario técnico
cuando entré en el segundo cargo de JTP era Lifschitz, del PS.
Venesia era director de
la Escuela de Agrimensura, dejó en el ’89 cuando entró como diputado.
Entonces quedó el cargo
ese y bueno ¿quién lo ocupa? Huerta, que se había reincorporado también a la
universidad no hacía mucho, había estado en la actividad empresarial, pero
venía de vieja época, no de mi época, es de menor edad que yo, me dijo “bueno,
ahí tenés que ser vos”. Por supuesto que a mí me apetecía. Entonces se hizo una
reunión de departamento y hubo otro docente, Zambruno, que dijo que él se
proponía. Era un …, más veterano que yo. Introcaso le buscó la vuelta “bueno,
está bien, hagamos una cosa, hay dos postulantes, que presente cada uno un
plan, un programa, una propuesta y vemos sobre esa base”. Lo mató a Zambruno,
no presentó nada, solo quería el cargo de exclusiva. Y me designaron.
En el Consejo Directivo
sé que hubo discusión porque yo pegaba un salto. Hacía tres años que había
entrado con un JTP simple y pasaba a un cargo de profesor titular dedicación exclusiva,
con tres años de antigüedad, no creo que haya muchos antecedentes. Hubo
entonces quienes plantearon “bueno, está bien, que se lo designe porque no hay
otro, pero le vamos a llamar el concurso, que se lo gane”. Y era lo que yo
quería. Llamaron a concurso, fui el único que me presenté y pasaron seis meses
y el concurso no se hacía. Cuando fui a averiguar me dijeron “no, se dejó sin
efecto ese llamado, se llama de nuevo, porque no hubo difusión suficiente…”
Yo podría haber exigido
que se respetara lo reglamentario, el plazo de inscripción estaba cumplido y yo
era el único… Pero acepté, en un gesto de orgullo, veamos quien es mejor, y se anotó Cornero, que era
un tipo de la vieja guardia de la facultad, yo lo conocía, era de una
generación un poco anterior a la mía.
No era de ningún
partido, pero estaba vinculado a la dirección que predominaba en la facultad.
Era profesor en la facultad, en Ingeniería Civil, de hacía muchos años. Se hizo
el concurso y quedé primero en el orden de mérito; él no impugnó formalmente,
pero utilizó sus contactos como para poner duda y dejar el concurso medio ahí
flotando… Firmó dejando constancia de que para él no estaban claras algunas
cosas…, para embarrar, y hubo un proceso largo, que duró cuatro años, hasta que
terminó de resolver el Consejo Directivo y después el Consejo Superior.
Primero pidieron
ampliación de dictamen y en la ampliación de dictamen lo mataron a Cornero.
Creo que algunos
miembros del jurado se enojaron; porque habían sido benevolentes con Cornero en
el primer dictamen y encima eran cuestionados. Entonces en la ampliación de
dictamen le pusieron que se presentó a una materia que no conocía. Lo
escribieron a eso. Que era así, se presentó por el cargo de…
Eso duró cuatro años.
En el ’94 recién el Superior resolvió; mientras, yo estaba como interino en el
cargo de titular exclusiva. Y quedé de esa manera. Y ahí ya en todo ese proceso
se fue produciendo mi incorporación, que no fue una incorporación tan fácil a
la actividad gremial y política en la universidad porque había una
discontinuidad de… Yo no tenía relación política con nadie. Bah, con los que
tenía mejor no tenerla. A Cornero lo conocía o a Venesia, pero a Raúl, a Laura,
a Junco no los conocía…
Cuando había asambleas
iba.
Me acuerdo al
principio, en el ’87, asambleas grandes como de doscientos o más.
No me acuerdo de nadie
en particular. Yo iba a enterarme. La primera vez que habré hablado, tampoco lo
hice en el sentido de orador, sino de preguntar o cosas por el estilo, habrá
sido en el ’88 u ’89 me imagino.
Y bueno, la cuestión
del concurso de paso también me obligó a ponerme en contacto con más gente. Me
acuerdo que fui… COAD funcionaba en ATE, fui a hablar con Lopecito, ahí la
conocí a Anahí, en ese momento Secretaria General de COAD.
El que encabezaba en
Ingeniería era Junco. Me fui vinculando. La primera vez creo que intervine
activamente como uno de los protagonistas en la elección de consejeros
–protagonista no por ser candidato, sino porque era de los que estaban…peleando-
creo que fue en el ’94. Y bueno, de ahí en adelante fue bastante más que
rápido. Una vez que me asenté ya me sentí en…
Y ahí se conjugó la
necesidad con la oportunidad y bueno, se convirtió en normalidad.
Fue un período muy
intenso, sobre todo a partir del 2001
Porque ahí iba todo
como en paralelo, iban surgiendo…
Las agrupaciones, La Unidad
en estudiantes y el Frente 20 de Diciembre en docentes, producto del 2001, típicos
productos del 2001. Era la época en que muchos estudiantes, particularmente de
Ingeniería, cuando se recibían o estaban a la puerta de recibirse estaban
pensando si iban a sacar pasaporte a alguna embajada o qué hacían. Y ahí se
armó un grupo estudiantil realmente muy interesante. Empezó y se desarrolló un
grupo con el cual teníamos una relación muy fluida.
Particularmente yo… Yo
me sentía más a gusto con los estudiantes que con los docentes. Incluso hice
relación de amistad con algunos de ellos.
En ese período fue una
experiencia también muy importante lo de la enseñanza de computación, antes de
los 90.
Peressini, con el cual
trabajé en el bachillerato para adultos, armó un instituto, me llamó, yo fui a
aprender y después pasé a ser el coordinador. Fue cuando aparecieron las
computadoras con el televisor como pantalla, en el año ’85. Era una computadora
chiquita, que se conectaba a un televisor. Se grababa en cinta, en un cassette.
Y fue un furor. Se organizaron cursos de modo que en un año hubo como cinco mil
inscriptos abarcando unas cuarenta localidades.
Yo tenía experiencia
como organizador, organizaba todo eso, porque había tipos que iban a dar cursos
en algún lugar, volvían y en la estación de ómnibus le pasaban el bolso con las
computadoras al que iba a dar a otro lugar, hasta cuatrocientos kilómetros de
distancia.
Esa también fue una
experiencia… Ahí enseñé computación, en lenguaje Basic en aquel entonces, desde
pibes de primaria, que es la única cosa que di para alumnos de esa edad, hasta
adultos o profesionales. También fue una experiencia muy rica, muy interesante.
Distinta totalmente a las otras.
Si hablamos de lo
cronológico, entre las cosas de ese período fui miembro de la Comisión Directiva
de la Asociación de Profesionales de la Agrimensura y miembro del directorio
del Colegio de Profesionales de la Agrimensura de la provincia.
Y una experiencia muy
interesante fue a partir del ’81 cuando mi compañera pasó a ser directora en
una escuela rural de Rosario, Uriburu al 6700…... Zona totalmente hortícola……laburando
en la cuestión de arreglar la escuela… ayudándole con los contratistas, el
arreglo de los baños y cosas por el estilo…. A partir de ahí conocí gente de la
Cooperadora que estaba en las carreras de sortija, y tiempo después fui
secretario de la agrupación tradicionalista El Bagual. Claro, de juegos
criollos de a caballo.
Las carreras de sortija
no eran por guita. Era una agrupación que organizaba juegos, carreras de
sortijas y otros, los tambores como se le llama a otro, nada por guita.
Premios sí, pañuelos, trofeos… Yo me gané un potrillo.
Mi mujer me los recluyó
en un rincón, pero tengo varios de esos premios.
En Pérez lo organizamos
a beneficio de los bomberos voluntarios; los bomberos hacían locro y nosotros
hacíamos la carrera de sortija hasta con noventa caballos. Yo era el locutor
además de correr.
Eso fue una relación
con otro mundo. La gran mayoría eran trabajadores al borde del lumpenato, la
modernización los estaba excluyendo.
Una vez cuando
estábamos organizando una de esas fiestas en Pérez -claro cada uno tiene su
cultura y se le mezclan las cosas- dije “podemos hacer tal cosa.., vamos a
organizar de esta manera…”, y agregué “hagamos una hipótesis”. Entonces uno,
que era muy vivo, no es que no entendió, era un tipo que tenía una mueblería y
la dejó para dedicarse a ir vendiendo leche con las vacas “ordeñando al pie”… Y
dijo “¿una qué querés que hagamos?” Y después cuando estábamos viendo lo de los
premios, “podemos poner tal cosa”, y uno dice “¿no podemos poner una de esa,
cómo era que vos decías?”
Eso fue una experiencia
muy rica, me refiero por todo el contacto con un mundo, con gente muy diversa…
Íbamos a otros pueblos, desfilamos el primer 20 de junio después del gobierno
militar. Desfilamos delante de Vernet y Alfonsín acá en el Monumento, por
supuesto a caballo.
También desfilé en
Diamante, donde se hace una de las más importantes fiestas nacionales
Con esa gente, de
Rosario, he perdido el vínculo, pero lo mantengo sí con los de Mugueta, a
principios de este año, 2015, corrí carreras de sortija.
Sí, de tres pasadas una
acerté. La sortija tiene que estar a una altura adecuada para que se llegue
desde arriba del caballo, algunos se paran sobre los estribos.
Como en todas las cosas
hay estilos, costumbres, formas.
En ese período del ’78
al ’85 viví en el barrio Rucci, también todo un mundo.
Ahí lo del Rucci fue
también una de esas paradojas.
Antes alquilábamos en
calle Constitución al 1900, pero con Martínez de Hoz, 1976, se eliminó la ley
de prórroga de los contratos de alquiler y abrieron una inscripción para los
que se les vencían los contratos, prometiendo créditos.
Por las dudas nos
anotamos. Por ahí llegó una nota del Banco Hipotecario, citándome. Nega dijo
“tenés que ir” y yo le contesto “no, para qué, sabés cómo es la política de
créditos, plata únicamente para el que tiene plata, no van a dar un crédito al
que…”. Como otras muchas veces ella tenía razón.
Al final fui,
convencido de que iba al cohete. Hice la cola y ya estando cerca de la mesa de
atención escucho que le iban diciendo, a los que estaban más adelante, “usted
tiene adjudicado un departamento en el barrio Primero de Mayo”; le pregunté a
una señora que estaba en la cola “¿usted se anotó para un departamento?” y dijo
“no, yo vine a ver si había créditos”. Y cuando llego a la ventanilla…“tiene
adjudicado un departamento”. No dije nada, agarré los papeles y me fui. Hice
dos cuadras y volví a preguntar “yo vine a ver porque no sé si entendí bien”.
Y bueno, tuvimos ahí un
lindo departamento, de tres dormitorios. Ahí vivimos desde el ’78. Ese barrio
lo manejaba la CGT antes del golpe y de repente cuando los militares tomaron el
gobierno se quedaron con que tenían medio barrio todavía por adjudicar, no
sabían qué hacer. Eran, no me acuerdo bien, creo que dos mil quinientos
departamentos.
En el ’78 mi domicilio “legal”
seguía siendo la casa de mis viejos. Allí llegó la citación del Banco.
Parece que el manejo de
la información en aquella época era más difícil, le otorgaban vivienda a
alguien con antecedentes de subversivo. No sabían qué hacer con ese barrio que
antes del golpe era manejado por la CGT y entregaron a gente que estaba
inscripta; eso sí, mediante la figura de “tenencia precaria”, con todos los
problemas que eso implica, sobre todo para poder organizar a los tenedores
careciendo de herramientas legales, todo sujeto a la “precariedad”, de modo que
no se forma el consorcio de cada edificio. Quedaba la administración del barrio
a cargo de un sargento, quien estaba a cargo de la CGT. Tal es así que el tipo
cuando comunicaba alguna disposición hacía poner carteles en cada monoblock diciendo,
por ejemplo, que hay que sacar la basura a tal horario, ponía el cartelito que
decía “al personal del barrio”.
Y ahí fue donde
participé en asambleas, eran asambleas de trescientas, cuatrocientas o
quinientas personas, sobre todo por el tema de las cuotas, porque era la
actualización con la famosa1050, la de Martínez de Hoz, que se actualizaban a
un ritmo tal que más pagabas más debías; hasta que llegó un momento que se
decidió no pagar más.
La gente que estaba en
la dirección de la vecinal eran peronistas, más o menos se daban cuenta de mi
filiación, teníamos muy buena relación, incluso me propusieron presidir
asambleas, viendo que yo tenía manejo.
Cuando vivía allá
trabajé durante diez meses en Acindar. Me levantaba a las cuatro y media de la
mañana, tomaba el ómnibus hasta el centro y de ahí salíamos en el vehículo de
la empresa hasta Villa Constitución, por la ruta vieja, no estaba la autopista.
Y cuando salíamos a las cinco o seis de la tarde íbamos al centro y tomaba el
ómnibus hasta el Rucci. Lo que sí arreglé era que trabajaba de lunes a jueves,
porque si no tenía que cortar todos los contactos de trabajo particular. Eso
fue diez meses más o menos, desde noviembre del ’77 hasta septiembre del ’78
más o menos. Era matador. Esa es una de las experiencias de vida, el laburo de
la obra, por ejemplo los que viven en Rosario y trabajan en San Nicolás. Y
después en la obra un trabajo propio de obra, no de oficina, estar subiendo,
andando, al aire libre; en pleno invierno estábamos a doce metros de altura al
lado del río. Con el ayudante mío nos habíamos puesto de acuerdo –suena un poco
grosero- que nos avisábamos mutuamente cuando se nos caían los mocos. Porque no
nos dábamos cuenta y estábamos moqueando.
Retomo una que me olvidé de mencionar con el tema de la facultad. Una
cosa que me
preguntaron cuando fui al Consejo Directivo a defender el concurso -que también
era inusual, porque no va un docente al Consejo Directivo a discutir su
concurso- fue sobre la antigüedad, que yo no tenía antigüedad. Me dijeron por
qué no pedí que se me reconociera la antigüedad desde que me echaron, ya que
había una reglamentación que lo permitía… Y les dije la verdad, no es que yo no
sabía, yo no lo pedí porque me resultaba incómodo… Yo había estado menos de un
año, me incorporaba junto a gente que hacía veinte o quince años que estaba y
al otro día yo iba a tener más antigüedad, iba a tener veintiún años de
antigüedad … Me resultaba una cosa… legal, pero
sí, incómoda, como un
abuso, algo por el estilo, aunque después me jubilé sin tener la antigüedad
completa en la universidad, tuve que sumar años en otros trabajos, pero a los
50 años uno todavía no piensa en la jubilación.
Lo que quería mencionar
es que la experiencia del ’75 al ’90 fue muy intensa desde el trabajo
profesional, pero no solo en lo profesional sino también de vivencias en otros
ambientes.
Yo trataba de hacer
todas las experiencias que podía. Teníamos un matrimonio amigo en Misiones al
que fuimos a visitar cuando fuimos a las Cataratas. Él Cultivaba caña, entonces
le dije “yo quiero trabajar un día”. Fui a trabajar un día cortando caña,
pelando, subiendo al acoplado…
O con mi cuñado que es
albañil, en el ’77, en las vacaciones de invierno fuimos unos días a Mugueta
-uno de los que trabaja con él comentó “te venís acá porque te sentís más seguro
que allá en tu casa”-.
Le propuse a mi cuñado
“si querés voy a trabajar de peón con vos una semana, pero con una condición,
que vos me pagues como a cualquier peón, porque si voy sin que vos me pagues
voy como de visita, de turista y no me vas a dar laburo. Yo voy a trabajar como
peón y vos me pagás como peón”. Mi cuñado era bárbaro para laburar, usaba en
vez de los baldes comunes, los tarros de veinte litros con arena, piedras.
Apenas pude aguantar el esfuerzo de esa emana, por orgullo.
Él era jugador de
fútbol… Y lo cargaban, decían que al ayudante le pedía “al mediodía, mientras
descansás, entrate esas cincuenta bolsas”.
En este desorden me
ayudo apelando bastante, no siempre, a lo cronológico no porque crea que deba
seguirse una cronología en todo relato, pero cuando hace tanto tiempo si uno no
se ayuda de ese modo….
Es una manera de poder
recolectar todas las… Una manera, puede haber otras.
Andar a caballo aprendí
de chiquito. Eso viene de mi viejo.
Creo que lo mencioné, cuando
íbamos de vacaciones a las sierras siempre mi viejo nos llevaba a andar a
caballo. Y después cuando hicimos unas vacaciones en la quinta de un tío mío en
Santo Tomé, ahí tenía doce años, había una yegua que la podíamos usar todo lo
que quisiéramos. Entonces todos los días andábamos con mi primo, mi hermano…
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